29.6.09

El rostro de Amparo

Después de la muerte de mi madre y el viaje de mi hermana a Europa, arrendé la casa de mi mamá y me fui a vivir solo en una cabaña al campo. Bueno, yo le llamaba campo, pero en realidad era como una zona menos urbana, a orillas de la ciudad. Durante mi primera semana de estadía, mis vecinas me trajeron empanadas y pan amasado de bienvenida al pueblo. Las dos jóvenes me deleitaron con su extraña belleza. A pesar de la suciedad que traían de horas y horas de trabajo que se notaban en sus rostros y sus llamativos cuerpos, eran ambas increíblemente hermosas. Acepté enseguida las empanadas y las invité a pasar. Se miraron un poco in decididas, pero finalmente, después de mi persuasivo discurso, entraron humildemente a la cabaña. Sus ojos brillaban de asombro mientras miraban los cuadros que tenía colgados por la casa. Las invité a la fuente de los, según ellas únicamente especiales, cuadros. Mi taller. Entraron curiosas y preguntaron por todas las desconocidas herramientas que descansaban desordenadamente dentro de la sala. Mientras preguntaban y exploraban el taller, yo admiraba su belleza y envidiaba su perfección. Después de fijarme mejor en los detalles de las gemelas, noté que había un pequeño detalle que las diferenciaba. Una de ellas, tenía los labios levemente más gruesos que la otra, y ésta misma tenía un lunar debajo del labio que la otra ausentaba.
-¿Pinta retratos caballero?
-Llámeme por mi nombre señorita, Manuel, y dígame el suyo y el de su hermana.
-Pues, mi nombre es Amparo y el de mi hermana Amara
-Bellos nombres para bellas mujeres
-Disculpe, señor Manuel, pero aun no responde a la pregunta de mi hermana…- Dijo Amara después de sonrojarse un poco por el comentario del pintor.
-Perdóneme señorita Amara, su hermosura me distrae. Pues sí, si pinto retratos y encantado pintaría uno de usted o de su hermana.
Enseguida tentado por sentarme a dibujar en la tela en ese mismo instante, observé a las emocionadas campesinas salir de mi cabaña citadas para el siguiente día. Una vez cerrada la puerta me encerré en el taller.
Ahí, inspirado, armé un tipo de escenario de flores y colores para el fondo de mi cuadro. Dejé todo perfecto y el atril en posición. Comencé a dibujar dejando el espacio para una de las hermanas. Pasé ahí toda la noche, dibujando todo a perfección. Amara y Amparo eran demasiado para flores, colores, y el fondo que tantas veces tuve que ir borrando y re dibujando antes de pintar. Cuando me dio el otro día, descansé y me comí un trozo de pan. Éste era el único alimento de la cabaña. Me aseé un poco y ya estaban dando las once. Esperaba en la ventana, al lado de la puerta. Me daba unas vueltas y volvía a la ventana. La esperaba ansioso. Rondaba por la cabaña como un fantasma con asignaturas pendientes. Escuché un golpecillo en la puerta. Amparo. Venía bien vestida y bien peinada. Lista para que yo dejara que la tela intentara acercarse a su incomparable preciosura. Se sentó en mi escenario. Me fui al atril.
-Trate de moverse lo menos posible.
Me respondió con una coqueta sonrisita. Miré la tela. Respiré profundo. Ella me observaba. Tomé el lápiz. La miré una última vez. Ahora, dejé que mi mano se dejara llevar por la danza del lápiz en la tela. No me demoré mucho, pues las líneas y las sombras las había planeado toda la noche. Tenía la imagen de la cara grabada en mi mente. Cuando empecé a pintar, una vez terminado el dibujo, senté a Amparo a mi lado. Me conversaba de su vida, su familia, su hermana. De todo un poco. Cuando dieron las tres de la tarde, llevé a Amparo a la puerta. Le prometí avisarle en cuanto la pintura estuviera lista.
-No…-me dijo -…quiero ver el proceso completo
-Aunque me encantaría tener a mi lado su presencia todos los días, temo contarle que también pinto por la noche…
-Pues caballero, le ruego por favor pintar en el día, sólo cuando yo esté aquí. Me sonrió una vez más con ojitos brillantes y una inocente seducción.
No le podía decir que no a esa cara bonita. Acepté. No pintaba durante la noche, pero soñaba con su rostro. Planeaba cada pincelada por la noche. Así ella no me veía cometer errores. Venía todos los días. Llegaba antes del medio día y traía pan o leche para mí. Se iba a la hora de almuerzo, pero volvía a la hora de la siesta. Se iba a las seis de la tarde todos los días. En un principio era un poco tímida pero coqueta. Mientras avanzaba el tiempo, me iba demostrando su verdadero ser. Ahora traía almuerzo para los dos. Pintaba yo lenta y suavemente. Pues no quería terminar, no quería parar de verla todos los días.
Al momento de despedirnos un día, me besó en la mejilla como siempre, y me debí morder los labios aguantándome las ganas de tomarla y besarla en ese mismo momento.
Cada día llegaba más temprano y se iba más tarde. Cada día admiraba yo más su belleza y la encontraba más linda. Me enamoraba lentamente de su apariencia, de su cara, de sus pestañas, de su pelo, de sus labios, de su lunar y de sus hermosos ojos.
Lamentablemente, no hay deuda que no se pague. No había más tiempo. El cuadro estaba listo. Era precioso, lo era, pero ya no era mío. Cuando puse mis iniciales en el rincón derecho nos miramos. Ambos sonreímos pero no estábamos felices. No tendría excusa para venir a diario. Ese día, cuando se llevaba el cuadro enmarcado y seco a su hogar, mientras salía con el regalo de mi cabaña le dije que me había encantado pintarla. Entonces al momento de despedirse me besó los labios. Luego se marchó. Impresionado y con un sentimiento de logro tomé un papel y un lápiz. Entonces la dibujé una vez más. Ahí estaba. En mi hoja. Era ella. No tuve que verla. Doblé el papel y lo guarde en el bolsillo de mi camisa. En el corazón. Besé la mujer más bella del mundo. Y al otro día venía esa cara de nuevo; Amara.
Esa noche dormí con ella, dormí con su rostro, con su cuerpo. Amaba ese cuerpo. Pero sabía que la angustia no duraría mucho. Pues Amara ahora pasaría por el mismo proceso. También debía retratarla. Así que esa cara y ese cuerpo aun no me abandonaban.
-No quiero que mi retrato sea igual al de mi hermana, caballero.
-Me imagino…
-Entonces, ¿cambiará usted el fondo?
-Y usted cambiará el perfil…
Enseguida comenzamos. El dibujo quedó extraordinario. Ya podía dibujar esa cara con los ojos cerrados. Pues estaba obsesionada con ella. Y así mismo pase día a día pintando lentamente el retrato de Amara. Tranquilamente pintaba detalle por detalle. El tiempo me sobraba.
Estas semanas había engordado. Por primera vez en muchos años almorzaba y cenaba. Todos los días me alimentaba. Todos los días se preocupaba por mí. Esa mirada adictiva que me volvía loco. Me hacía disminuir y disminuir la velocidad de mi pintura. Pero finalmente llegó el día. Ahí estaba ella en la puerta. Besándome al igual que su hermana, para luego alejarse y brillar por su ausencia. Jamás le pregunte a Amara por Amparo. Me daba igual. Su cara estaba ahí, conmigo todos los días. En mi cuadro y en mi dibujo. Yo estaba enamorado de Amparo y Amara. No. Mejor dicho, yo estaba enamorado del cuerpo y la cara de Amparo y Amara. Eran una sola. Una cara.
Los siguientes días fueron desesperantes. Irritantes. Vacíos. Puse el dibujo en la ventana para poder mirarlo cuando quisiera. Amaba la escena. La ventana con el dibujo y afuera un árbol que parecía amar el dibujo tanto como yo. Pasé dos semanas así. Sin pintar ni dibujar. Sin limpiar. Sin ordenar. Sin comer mucho. Lo único que hacía era mirar el dibujo.
Luego, me llegó una carta. De Amparo. Me dejó congelado. Me dejó marcando ocupado.
“Querido Manuel,
Mi caballero, desde que terminó mi retrato no nos vemos. Mi padre me tiene trabajando sin parar en la viña. Todos los días debo cocinar para unos cien trabajadores que me asustan con los deseos que tienen conmigo. Lamento no haber ido a visitarlo, aunque muchas veces he querido, no he podido. El retrato de mi hermana le quedó precioso. Lo admiro mucho señor Manuel. Además de admirarlo siento muchas más cosas por usted. Se que usted también las siente por mi. Señor, me he enamorado perdidamente de usted. No he podido parar de pensar en el día en que nos volvamos a ver. Todos los días me lo imagino a usted a mi lado con un montón de hijos. Pintor, le quiero decir que lo amo. Lo amo y quiero formar una familia con usted. Yo se que usted también me ama y esta carta hará que me pida matrimonio. Se que juntos seremos felices. Lo iré a visitar durante la próxima semana, se lo prometo.
Con Amor, Amparo”

Ella estaba llena de ilusiones y yo de malas noticias. No sabía como cortar el cordel de sueños que Amparo tenía conmigo. Yo no la amaba. No quería hijos, no quería una familia. No quería matrimonio. Yo sólo amaba su belleza y sensualidad. Pero no a ella en sí. No. Debía escribirle. Era la única forma. Entonces le respondí la carta. Aunque siempre fui muy bueno hablando, no lo era escribiendo. Mi carta fue cruel y fría. Sin sentimientos y chocante. Le escribí que no la amaba y que no sentía las cosas que ella creía. No quería formar una familia con ella entonces que por favor no se hiciera ilusiones. Le escribí que me sentía más atraído a su apariencia física que a ella. Amaba más el sobre que el contenido. A la carta le adjunté el dibujo que había echo el día en que me había besado. Luego, insensible y egoísta firmé y mandé la carta.
No sentí nada. Ni pena, ni angustia, ni arrepentimiento. Ella debía saber la verdad para no sufrir tanto. No esperaba una respuesta, no esperaba algún cambio en mi vida. Sabía que tendría pena. Pero nunca me imaginé que al volver de una salida del pueblo para comprar telas nuevas, me encontraría con su cuerpo colgando del árbol fuera de mi ventana y mi dibujo, enrollado, en sus manos.
Quedé paralizado. Impactado. Más que asombrado. No sabía que hacer. No podía dejarla ahí. Decidí entonces, cortar la cuerda y enterrarla. Escalé el árbol, corté la cuerda y el cuerpo cayó en la tierra. Lo tomé y llorando la miré.
-Belleza mía, hermosura, ojos, pelo y boca…
Era una horrible escena. No podía creer lo que estaba viviendo. Cuando conocí jamás me imaginé en esta situación. Comencé a caminar lentamente hacia la parte de atrás de mi patio. La punta de la cuerda se arrastraba por el suelo y se ensuciaba con el montón de tierra que era mi patio.
-Manuel…-Escuché una voz conocida. Me di vuelta. Amara.
-Amara ¿qué haces aquí?
-¡Asesino! La ha matado… ha matado a mi hermana
-Amara, tranquilízate yo no la he matado…
-Si lo ha hecho pintor. ¡Ella se enamoró de usted y por usted se quitó la vida!
-No es mi culpa Amara…
-¡Si lo es!- me gritó mientras lloraba al igual que yo. Ambos nos quedamos en silencio y lloramos. Ella se paraba en frente mío a una cierta distancia. Después de unos minutos me miró con ojos de odio.
-Lo maldigo Manuel. Lo maldigo. Por su culpa mi hermana ha muerto, la ha matado. Por su culpa su espíritu jamás descansará. Jamás será feliz usted tampoco pintor. No. Sería injusto ¿no cree? Por eso le digo, no será feliz hasta que mi hermana sea libre. Usted tampoco lo será Manuel. Ya verá, ya verá…
Con estas últimas palabras sale corriendo derramando lágrimas por doquier. Yo enseguida dejé el cuerpo y tomé el dibujo. Entré a la cabaña y asustado por las palabras de Amara lo quemé. Las cenizas las dejé caer en mi taller. Tomé mis pinturas, mis atriles y mis cosas y me fui. Volví de inmediato a la casa de mi madre. Eché al arrendatario, después de quedarnos ambos unos días ahí, y luego quedé sólo y lejos del pueblecillo ese de Amparo. Tranquilo, dormí bien por unas semanas. Hasta que un domingo por la mañana. Me levanté a mirar el amanecer. Camino al balcón en unas viejas flores noté algo extraño. Me acerqué lentamente al macetero. Tenía un papel enrollado entremedio de las flores. Mis manos transpiraron y mi respiración se acelero junto con mi pulso. El tiempo paró, el reloj se detuvo, el día se hizo noche. El entorno se esfumó y caí por un pozo sin fin de temor. Intentando convencerme de que lo que vería no era lo que sospechaba abrí el papel. Ahí estaba. Esa cara. Ese dibujo. Ése papel. Era ella…
Desesperado, boté el papel y corrí, corrí por la casa en círculos. De la sala de estar al comedor a la cocina a mi pieza al balcón devuelta a mi pieza a la cocina al comedor y a la sala de estar. Volví lentamente a las flores. Tome el papel y salí al patio. Rompí en pedacitos el dibujo e hice un agujero en la tierra. Ahí eché todos los pedazos y tapé de nuevo el agujero. Miré a mi alrededor. Entré a la casa de nuevo y me metí a la cama. Me cubrí con un millón de cobertores e intenté dormir. Esa noche no pude. Ni la siguiente. Ni la otra, ni la otra. Después de un par de semana de insomnio, ya no me levantaba. Mi cansado cuerpo y jaqueca me lo impedían. Me quedaba ahí. Todo el día, todos los días. Una noche, finalmente, dormí. Y los siguientes tres días también. El cuarto día me levanté. Ya me sentía mejor.
Viví bien por tres meses. Solo como siempre, hambriento. Tuve que ir vendiendo algunos muebles de mi madre y la mayoría de mis cuadros para poder sobrevivir. Estaba encerrado en un montón de paredes de una casa vacía. Al igual que mi alma. Una noche, leía mi libro favorito cuando escuché que las ramas del árbol de afuera chocaban con la ventana. El viento no lo escuchaba soplar, pero las ramas no paraban de golpear. Seguían como un ritmo. Cantaban la canción de la molestia y de la desesperación. Cuando terminó el ruido con mi paciencia, me levanté. Iba a cortarlo. Estaba decidido, no había vuelta atrás. No soportaba el eterno golpe de las ramas. Tomé un hacha del sótano y salí al patio. No había viento. Estaba tibio. No había estrellas. Ni luna. Con el hacha en mano corrí al costado de la casa en donde estaba el árbol. Quedé parado mirándolo fijo. El hacha cayó de mi mano. Una cuerda parecía esperarme colgando de la rama que golpeaba mi ventana. Un papel enrollado descansaba en el suelo al lado del tronco. Esto era impresionante. Ya era demasiado. ¿Cuántas veces tendría que abrir ese papel y ver esa cara otra vez? Esta vez era diferente. El papel estaba enrollado como papiro, como siempre, pero tenía una parte arrugada. Con una pequeña esperanza de que no fuera el rostro de Amparo lo tomé y lo abrí. Lo era. Las arrugas pasaban exactamente por el cuello del dibujo. La rama paró de golpear mi ventana y un silencio profundo me devoró. Mire la cuerda que me llamaba. Tomé con mis dos manos el círculo que colgaba. Con un pequeño saltito y con la fuerza de mis brazos levanté mi cuerpo y me puse en posición. Nos vemos Amparo...

3.6.09

Hoy es nada. Hoy es rutina

Junio
Junio
Junio

¿Mes de tristeza? ¿Mes de felicidad?
No lo sé. Ahora, miro a la ventana. Afuera, el cielo es naranjo.
las nubes se encuentran perfectamente quietas. Ahí mitándome, como un paño gigante que cubre el cielo. Un mar alreves. Ahí está el mar anaranjado, sobre mi cabeza.
Siento frío. Hace frío. El clima es extraño estos días. En el día puede hacer calor, o puede hacer frío, o tibio o lluvia o sol. Lo que sea. Impredecible. Me gusta que sea impredecible. Las consecuencias son las que no me gustan. Estornudo resfriada. Las puntas de mis dedos se congelan mientras que mi cuello se acalora con la bufanda. Me pica el cuello.
Tengo hambre. Creo que cocinaré. Algo dulce... ¿Panqueques quizás? ¿Galletas?
Mi hermano llora. Se fue la señora que lo cuida. Por mi, mejor que se vaya a esta hora, entre antes mejor. Pero él llora. Quiere estar en brazos. Lo tomo. Me voy.