4.3.10

Andrés.

Hacía un tiempo que no escribía, pero era hora ya. Hoy es un día lluvioso, oscuro y silencioso. Mientras me siento en mi techo y observo lo que pasa afuera, recuerdo inquieto lo que sucedió ayer. Inexplicables sucesos me habían perseguido durante el día... Un frío recorre mi espalda de solo pensar en ayer...


Durante las horas del amanecer me levanté a tomar una ducha rápida para salir a encontrarme con Amalia. La noche anterior había sido difícil. Ruido en la calle... sueños y pesadillas... vecinos... todo de una. Pensé que una ducha sería lo mejor para relajarme. Volver a mí ser. Dejé que cada poro de mi piel pudiera sentir el agua caliente. Me quedé quieto por un largo rato, sin hacer nada. Solo sentir el calor. El día ya parecía comenzar a sonreírme cuando escuché un ruido por la ventana del baño. Estaba levemente abierta. Nervioso presté atención. Al cabo de unos segundos respiré tranquilo al notar que era un pajarito cantándome a la ventana. Sí, era cierto... el día ya me estaba sonriendo. Decidido a disfrutar más el amanecer, escuché como otro pájaro se sumaba a la canción del primero... Luego, de la nada, un silencio repentino. Curioso abrí la ventana y saqué levemente mi cabeza... Miré el paisaje desde el segundo piso de arriba a abajo. Cielo color casi celeste (aun un poco de azul oscuro y naranjo y esos colores del amanecer)... montañas levemente iluminadas por una luz azulada... Techos y techos... las hojas del árbol del patio... el pasto seco de mi patio y un cuerpo manchado de rojo cubriendo la mitad del pequeño espacio de baldosa del patio. Mi primera reacción: cerrar la ventana. La segunda: volver a mirar. Quince mil millones de años pasaron antes de que pudiera quitar mis ojos de la espalda del cuerpo que descansaba en el patio de mi casa. ¿Era esto posible? No había notado que el agua ahora caía fría sobre mi cuerpo, ¿o era yo? Cerré la llave y salí del baño tiritando. Con la respiración agitada levanté el teléfono. Sin saber bien por qué llamé a Amalia y comencé a hablar incoherencias. Hablé por un largo rato pero nunca dije nada. Podría resumir mi monólogo en "Afuera el cielo azul mi ducha, agua caliente cuerpo vecinos y sueños pesadillas mas tarde" No escuché lo que dijo Amalia pero se que corté y luego de ponerme una bata salí a mi patio trasero con las manos traspirando. No lograba diferenciar con claridad los objetos a mi alrededor y los nervios me tenían los pelos de punta. Cuando llegué a la baldosa... me encontré con una gran mancha roja.... pero ningún cuerpo. Lo más impresionante era que en un principio nada me podía parecer más imposible que encontrar un cadáver en mi patio y ahora el destino me había destacado mi error "Sí, Andrés, sí hay algo más imposible...". No sólo me encontré cadáver, sino que también desapareció. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que miré por la ventana del baño? Escuché entonces alguien llamar a la puerta. Era Amalia, preocupada y confundida había venido a mi casa enseguida. La abracé fuerte apenas la vi. Quise contarle de lo que había vivido, pero no sabía como y no la quise asustar. Me cambié de ropa mientras Amalia servía desayuno. Me acompañó en la mesa y me preguntó varias veces qué era lo que me pasaba y yo (aun nervioso) le respondía que había tenido mala noche y que simplemente no había despertado un cien por ciento cuerdo. El calor del té me hizo bien, al cabo de unos minutos ya me sentía mucho mejor. Me levanté para dejar la taza en el lavaplatos y apenas le di la espalda a Amalia la escuché acelerar la respiración de manera repentina. Me volví enseguida para encontrarme con su cara aterrorizada mirándome fijamente.

-¡Dios mío Andrés! ¿Qué tienes en la espalda?

Corrí enseguida al espejo para encontrar una mancha gigante roja en mi espalda. Entonces comenzó el dolor. Algo atravesaba mi piel y por más que pasaba mis manos no lo podía encontrar.

-¡¡Andrés es un cuchillo!! Tienes un cuchillo en la espalda, ¡Dios mío, Dios mío Andrés!

Volví al espejo. Ahí estaba el mango, saliendo de mi espalda como si fuera una parte de mí. Atravesando mi polera, bañándome en sangre. El dolor era insoportable. Entre tantas vueltas e intentos de tomar el cuchillo que descansaba inalcanzable en mi espalda, caí al suelo. Amalia corrió al teléfono y, aunque quise, no pude escuchar lo que decía. Un ruido insoportable lo tapaba todo. Eran mis gritos. Amalia corrió hacia mi y empezó a hablar y gritar y decir cosas que no entendía. Me tomaba la cabeza, me agarraba la cara, me sacudía entero y no había nada que yo podía hacer excepto gritar y gritar. Luego me tapó los ojos con los dedos. Entonces paró el dolor. Silencio. Oscuridad. Respiré profundo y abrí los ojos. Ahí estaba Amalia sentada en la justo al frente mío. Hablándome del susto que le había hecho pasar en la mañana, cuando la había llamado. Entre mis manos estaba la taza de té. Y como un imposible flash back, no había nada en mi espalda. Nervioso como nunca, terminé el té. El calor del té me hizo bien, al cabo de unos minutos ya me sentía mucho mejor. Me levanté para dejar la taza en el lavaplatos y apenas le di la espalda a Amalia la escuché suspirar suavemente. Me volví enseguida para encontrarme con su cara enamorada mirándome fijamente. Me acerqué con una sonrisa en la cara y le besé la frente. En silencio nos abrazamos por unos segundos. Pasamos toda la mañana juntos, y las cosas se vieron normales. En la noche, ya casi no recordaba lo que había vivido… No estaba ni seguro de que fuese verdadero… ¿Había sido un sueño? No. Y la vida y el destino y mi mente y mi cuerpo se aseguraron de hacérmelo notar. Mientras dormitaba en mi cama, escuché un ruido afuera. Me levanté a la ventana esperando encontrarme con alguna cosa en el suelo de la terraza. Había sonado como la caída de algo pesado. Pero no. Ahí estaba, una vez más el cuerpo manchado de rojo cubriendo la mitad del pequeño espacio de baldosa del patio. Esta vez, un cuchillo descansaba inalcanzable enterrado en su espalda. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Comencé a marearme, nauseas y todo giraba. Sin darme cuenta me encontré en el suelo. Y una vez más silencio. Oscuridad.

Y aquí estoy. Narrando mi espeluznante ayer. Hoy me siento en el techo. Con un paraguas y una chaqueta. Hoy es un día lluvioso y no quiero estar adentro. Algo pesa en el aire y no me gusta. Alguien llama a la puerta. Cruzo el techo para acercarme hacia la parte de adelante y es Amalia. La ayudé a subir por la escalera que dejé instalada y ahora se sienta a mi lado bajo mi paraguas. Juntos miramos las montañas cubiertas por gigantescas nubes. Amalia se levantó recién y se acerca a la orilla del techo y mira hacia mi patio. Pensó haber escuchado algo. Hielo recorrió mi columna… Dice que no hay nada. Pero le llama la atención algo porque se queda ahí mirando hacia abajo.

-Andrés, hay una mancha roja en tu baldosa… ¿por qué no te acercas a mirar?

No me he parado aun… sigo escribiendo. Algo me dice que debo seguir escribiendo… Amalia insiste en que me pare… eso haré ahora. Amalia sostiene algo conocido en su mano, no lo había notado.

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